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Luis Mora Santana.-
El hacer de los pueblos moldean su cultura, una razón dinámica de entrelazamiento de sus labores, saberes, destrezas y comportamientos cónsonos con el medio circundante. Aprende a vivir en armonía con su entorno, hace suyo su espacio y lo somete a sus necesidades. Construye estructuras físicas, espacios de labor, de descanso. Se asienta y en colectivo edifica conglomerados humanos, buscando una de las razones antropológicas fundamentales, el gregarismo social. Estas son razones que permiten a historiadores, antropólogos, sociólogos, estudiar sociedades en el tiempo y definir las particularidades de cada enclave humano. En la conformación de esa cultura, también se forma sus elementos cosmogónicos de creencias, valores y simbologías que guían la vida colectiva. El trabajo y las fiestas se dan la mano como regalo o como ritual de celebración, entonces, se entrecruza la religión como sustento del alma, como explicación a lo inexplicable de la vida y como alegría para el disfrute de sus logros.
En este contexto surge las comunidades del sur -este caroreño, y particularmente Curarigua, como centro de concentración en el pasado colonial, de población esclavizada, traídas del África, para la tarea del cultivo de la caña de azúcar y su transformación en papelón , panela y otros subproductos. Ya se había hecho en El Tocuyo, que es su vecindad, como ya lo hemos expuesto, unido por tránsito constante entre la “ciudad madre”, Carora y Coro. Estos esclavos traían en sus alforjas mentales, saberes y creencia que van a tratar mimetizar en la nueva estructura social donde se insertan. Hacen intercambio de ellas y bajo el roce que genera el trabajo colectivo del manejo de cultivos y la actividad del trapiche, se va generando toda una visión que se cristaliza a través del tambor, que es originalmente un elemento de comunicación.
De manera que esa razón de comunicación se va imbricando en el tiempo y fundiendo con la realidad circundante. A propósito de este señalamiento, R.D Silva Uzcategui en la Enciclopedia Larense, nos señala que: “Lo vi interpretar infinitas veces, en su prístina pureza, por gentes de las haciendas… allí cantaban y danzaban el tamunangue, en pago de una promesa o el dia de San Antonio”. Según lo expuesto, esa manifestación cultural no nació en el pueblo, en la urbe, surgió en las haciendas de cañamelar y en los trapiches. El historiador Luis Cortes Riera, cuando se refiere a Curarigua, a su valle y su rio, nos dice que esa conjunción “…da como resultado la danza nigralba del cañamelar” y se apoya en don Francisco Tamayo cuando expresa que “el tamunangue, es la manifestación folclórica, mas rica de Venezuela y quizás de Hispanoamérica”.
Entonces, como hemos dicho al principio, refiriéndonos a la formación cultural, es esa horma la que le da cuerpo al convivir de los hombres y mujeres en sociedad. No dudamos que esa esa manifestación cultural se haya iniciado en el gran valle de El Tocuyo, como enclave primigenio en el occidente venezolano, y que se fue extendiendo desde sus cultivos de caña de azúcar por toda su área de influencia. El tránsito constante entre las poblaciones en su jurisdicción, fue trasladando el hacer de los ingenios, los tablones de caña y con ello el transporte de mano de obra esclavizada, con sus saberes ancestrales. Ese cuero templado sobre la boca abierta en un tronco cilíndrico, mayormente de Vera – Bulnesia arborea- es el génesis de todo. A ese tambor lo conocemos como “tamunango” y pulsado de una u otra forma, comunica un sentir y un mensaje en la distancia, que casado luego con variedad de cordófonos (cuatros, cincos y seis) y la percusión de las maracas originarias, le van dando vida a la música, la cual aparejada con movimientos de baile hacen una de las danzas mas hermosas y completas de mundo. Se convierte así, en una manifestación netamente religiosa, bajo la protección del Catolicismo.
Hay vigilancia estrecha en los inicios de esta manifestación, originalmente se circunscribe a la hacienda, al trapiche y al cañamelar. Una característica de esa vigilancia es la forma de bailar del hombre, con una pierna delante y otra detrás, no cabe dudas que iba atado de los pies, práctica que evitaba una posible fuga en medio del jolgorio. La adopción de un santo se da por la necesidad de “educar” al esclavo en las prácticas cristianas, y estos juntan sus creencia iniciales de sus deidades originales con la imagen redentora y protectora de San Antonio de Padua. Una simbiosis donde se produce un sincretismo cultural. No se habla de una transculturización, mas bien de una superposición cultural, que aflora en todo momento y que se hace tangible en algunas voces del canto tamunanguero, hasta hoy sin explicación lingüística. Nos referimos a “oe; bangué”, “júbira” “ay, yiyivamos” entre otras. No puedo dejar de nombrar las cofradías en honor a San Antonio. Unas estructuras de auxilio y protección a los necesitados y también de la búsqueda de el afianzamiento religioso. Diriamos, la otra cara de la colonización. Hubo cofradías Tanto en El Tocuyo, como libros de asiento en Curarigua, aunque en tiempos distintos.
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