Franklin Piña.-
Todo empezó con una bicicleta robada, un detalle que Richard Durham rescata con nitidez conmovedora: un chamito de doce años, humillado, jurando golpear al culpable, mientras un policía le sugería que primero aprendiera a boxear. Esa pequeña injusticia doméstica fue la verdadera hoguera que se encendió después de Roma 1960 cuando, al regresar con el oro olímpico, se topó con el desprecio segregacionista de siempre. Se cuenta en esta obra que aquella medalla terminó en el fondo del río Ohio, arrojada por un hombre que decidió que, si el sistema no lo respetaba por sus méritos, lo respetaría por su rebeldía.
Centenares de libros se han publicado sobre su historia, siendo una de las figuras deportivas más documentadas de la posteridad. Desde Montreal, el sociólogo caroreño Justiniano Vásquez, gran admirador de su trayectoria, nos comenta que ya en 1975, tras el rescate del título de los pesos pesados, publicó en El Diario de Carora un pequeño ensayo sociológico titulado,Baila campeón, baila. En aquel texto, Vásquez analizaba cómo el robo de la bicicleta en 1954 se transformó en el "Movimiento de la bicicleta" o "Ali Shuffle", esa técnica de pies rápida y esquiva que debutó el 14 de noviembre de 1966 ante Cleveland Williams para robar el equilibrio de sus rivales.
Para el sociólogo, Ali trascendió el deporte para convertirse en un fenómeno complejo que interactuó con la raza, la religión y la política, desafiando la narrativa cultural dominante y convirtiéndose en un agente de cambio que utilizó el boxeo como plataforma para cuestionionar estructuras de poder y abogar por la justicia social.
Ali era una ráfaga estética, un peso pesado que se movía con la gracia de un bailarín de ballet y golpeaba con la frialdad de un verdugo. "Vuelo como una mariposa, pico como una abeja", decía, aportando poesía en movimiento a una categoría de moles de piedra que hasta entonces otorgaban grandes cuotas de aburrimiento.
Pero su verdadera batalla se libraba afuera; el exilio de tres años y medio por negarse a combatir en Vietnam no fue la forja de un símbolo que le permitió ser la voz de los desposeídos. El regreso en la década de los setenta trajo la épica de Zaire en 1974, donde un Ali desprovisto de la velocidad eléctrica de su juventud apeló a la astucia para doblegar a George Foreman bajo el rugido de "¡Ali, bomaye!" (Mátalo, Ali).
A pesar de considerar al boxeo como un deporte salvaje y violentó, Justiniano Vásquez destaca que Ali lo transformó en arte con un lirismo físico sin precedentes. El sociólogo, que tiene una invitación para visitar profesionalmente el Muhammad Ali Center en Louisville este próximo 23 de agosto de este año junto a su sobrino Darwin Vásquez, entiende que la nostalgia más dolorosa aguarda en el crepúsculo.
El poeta que rimaba sus victorias terminó atrapado en el silencio tembloroso del Parkinson; verlo encender la llama olímpica en Atlanta 96 fue contemplar a un Prometeo cansado cuyo cuerpo ya no le obedecía, pero cuya mirada seguía siendo la del muchacho desafiante de Louisville.
Ali murió el 3 de junio de 2016, y precisamente hoy se conmemora el décimo aniversario de su muerte, dejándonos un vacío que el boxeo moderno, tan lleno de neón y carente de alma, no ha podido llenar. Al final, peleaba por el derecho a ser él mismo en un mundo que le exigía ser otro, permaneciendo como un muerto que se resiste a la ausencia en cada gimnasio de barrio donde alguien sueña con aprender, algún día, a volar como una mariposa.
Escribir sobre Muhammad Ali es, en cierta medida, intentar atrapar un rayo con las manos. Un relámpago que cayó en Louisville, Kentucky, allá por 1942, y que no dejó de retumbar hasta que el mundo entero quedó aturdido de tanto oír su nombre. Al repasar las páginas de El más grande: mi propia historia —ese ejemplar de la editorial Noguer que ha sido mi brújula—, uno confirma con la crudeza del testimonio en primera persona, que el hombre que el mundo conoció como Muhammad Ali no fue un producto del gimnasio, sino la maduración de esa rabia que ya habitaba en el pecho del niño CassiusClay.
Todo empezó con una bicicleta robada, un detalle que Richard Durham rescata con nitidez conmovedora: un chamito de doce años, humillado, jurando golpear al culpable, mientras un policía le sugería que primero aprendiera a boxear. Esa pequeña injusticia doméstica fue la verdadera hoguera que se encendió después de Roma 1960 cuando, al regresar con el oro olímpico, se topó con el desprecio segregacionista de siempre. Se cuenta en esta obra que aquella medalla terminó en el fondo del río Ohio, arrojada por un hombre que decidió que, si el sistema no lo respetaba por sus méritos, lo respetaría por su rebeldía.
Centenares de libros se han publicado sobre su historia, siendo una de las figuras deportivas más documentadas de la posteridad. Desde Montreal, el sociólogo caroreño Justiniano Vásquez, gran admirador de su trayectoria, nos comenta que ya en 1975, tras el rescate del título de los pesos pesados, publicó en El Diario de Carora un pequeño ensayo sociológico titulado,Baila campeón, baila. En aquel texto, Vásquez analizaba cómo el robo de la bicicleta en 1954 se transformó en el "Movimiento de la bicicleta" o "Ali Shuffle", esa técnica de pies rápida y esquiva que debutó el 14 de noviembre de 1966 ante Cleveland Williams para robar el equilibrio de sus rivales.
Para el sociólogo, Ali trascendió el deporte para convertirse en un fenómeno complejo que interactuó con la raza, la religión y la política, desafiando la narrativa cultural dominante y convirtiéndose en un agente de cambio que utilizó el boxeo como plataforma para cuestionionar estructuras de poder y abogar por la justicia social.
Ali era una ráfaga estética, un peso pesado que se movía con la gracia de un bailarín de ballet y golpeaba con la frialdad de un verdugo. "Vuelo como una mariposa, pico como una abeja", decía, aportando poesía en movimiento a una categoría de moles de piedra que hasta entonces otorgaban grandes cuotas de aburrimiento.
Pero su verdadera batalla se libraba afuera; el exilio de tres años y medio por negarse a combatir en Vietnam no fue la forja de un símbolo que le permitió ser la voz de los desposeídos. El regreso en la década de los setenta trajo la épica de Zaire en 1974, donde un Ali desprovisto de la velocidad eléctrica de su juventud apeló a la astucia para doblegar a George Foreman bajo el rugido de "¡Ali, bomaye!" (Mátalo, Ali).
A pesar de considerar al boxeo como un deporte salvaje y violentó, Justiniano Vásquez destaca que Ali lo transformó en arte con un lirismo físico sin precedentes. El sociólogo, que tiene una invitación para visitar profesionalmente el Muhammad Ali Center en Louisville este próximo 23 de agosto de este año junto a su sobrino Darwin Vásquez, entiende que la nostalgia más dolorosa aguarda en el crepúsculo.
El poeta que rimaba sus victorias terminó atrapado en el silencio tembloroso del Parkinson; verlo encender la llama olímpica en Atlanta 96 fue contemplar a un Prometeo cansado cuyo cuerpo ya no le obedecía, pero cuya mirada seguía siendo la del muchacho desafiante de Louisville.
Ali murió el 3 de junio de 2016, y precisamente hoy se conmemora el décimo aniversario de su muerte, dejándonos un vacío que el boxeo moderno, tan lleno de neón y carente de alma, no ha podido llenar. Al final, peleaba por el derecho a ser él mismo en un mundo que le exigía ser otro, permaneciendo como un muerto que se resiste a la ausencia en cada gimnasio de barrio donde alguien sueña con aprender, algún día, a volar como una mariposa.

COMENTARIOS