

Al mundo ha venido gente que tiene una misión: la de ganar. Hombres que hacen de la victoria un hábito. Una de esas rarezas fue Bobby Cox, un arquitecto de la victoria.

Y hoy, ese hombre inclinó la cabeza con una pesadumbre que cala hondo para dejar este mundo. El mánager que transformó a la ciudad de Atlanta en el epicentro del universo beisbolístico durante casi dos décadas, ha plagado de luto el dogout de los Bravos.
Hablar de Cox es evocar una era de dominio absoluto de catorce títulos divisionales consecutivos que parecen hoy una utopía en tiempos de cambios vertiginosos. Bajo su mando, el pitcheo se convirtió en una religión: Glavine, Maddux y Smoltz fueron sus apóstoles, y él, desde de la cueva, el guía que jamás buscó el protagonismo que sus pupilos le otorgaban.
Su figura era la estampa misma del béisbol de vieja escuela. Aquel que defendía a los suyos hasta las últimas consecuencias, acumulando expulsiones como coleccionar medallas de honor, siempre en favor de la justicia deportiva y el respeto a sus peloteros. Fue un líder de pocas palabras y gestos lapidarios, cuya autoridad residía en la impecable coherencia de sus actos.
El shock de los fanáticos del beisbol es fúnebre. Se marchó el estratega, pero queda su herencia plasmada en una gran pancarta estirada en la pizarra del juego de ayer, que rezaba: "Ha muerto el hombre que nos enseñó a ganar".
Ese fue Cox. Paz a su alma y honor a su imborrable trayectoria.
Nos vemos en la vía.
Franklin Piña / @sobre.300
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