
Por si fuera poco el caos diario que se vive en nuestras calles, ahora tenemos que sumar esto a la libreta de la desidia. Ya no basta la anarquía sembrada por conductores irresponsables que ignoran señales y reglamentos de tránsito, ahora el centro de Carora también se entrega, sin resistencia alguna, a la anarquía del pastoreo urbano.
Esta escena no es una pintoresca estampa llanera, es una pena pública y un peligro inminente.
Las preguntas son inevitables y exigen respuesta inmediata: ¿Dónde está la responsabilidad civil de dejar a un semoviente suelto en pleno corazón comercial?
¿Dónde está la autoridad?
La flagrante ausencia de controles municipales, policía o entes gubernamentales que pongan coto a esta situación, demuestra una alarmante desidia en la gestión del orden público.
La flagrante ausencia de controles municipales, policía o entes gubernamentales que pongan coto a esta situación, demuestra una alarmante desidia en la gestión del orden público.
No se puede normalizar la anarquía ni resignarse a que las calles de nuestra ciudad se conviertan en potreros improvisados.
Un lunes cualquiera en la Avenida 14 de Febrero debería amanecer con el impulso comercial y el orden que una ciudad merece. En cambio, nos topamos con ejemplares vacunos como dueños y señores de la isla central, ante la mirada atónita de los transeúntes y la absoluta indiferencia de quienes deberían velar por la seguridad ciudadana.
Es el reflejo de una ciudad sin dolientes en la que cualquiera —sea al volante de un vehículo, en moto o con cuatro patas— hace lo que le da la gana.
¿Hasta cuándo tendremos que soportar que el corazón de Carora parezca tierra de nadie?
Un lunes cualquiera en la Avenida 14 de Febrero debería amanecer con el impulso comercial y el orden que una ciudad merece. En cambio, nos topamos con ejemplares vacunos como dueños y señores de la isla central, ante la mirada atónita de los transeúntes y la absoluta indiferencia de quienes deberían velar por la seguridad ciudadana.
Es el reflejo de una ciudad sin dolientes en la que cualquiera —sea al volante de un vehículo, en moto o con cuatro patas— hace lo que le da la gana.
¿Hasta cuándo tendremos que soportar que el corazón de Carora parezca tierra de nadie?
Yóselin Álvarez.-
Foto: Cortesía
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