
El montículo, ese islote de soledad donde los hombres se miden contra su propia historia, como dijo una vez Marichal, dictó anoche una sentencia amarga. Max Scherzer, el lanzador de la mirada heterocromática y de coraje incombustible, experimentó en carne propia los rigores del tiempo, ese factor que no sabe de jerarquías ni de vitrinas repletas de trofeos.
Lo de Cleveland fue un asedio en toda regla. Ver a un fuera de serie de su estirpe permitir siete anotaciones en menos de tres capítulos produce un nudo en la garganta en quienes hemos leído de sus hazañas. Es el béisbol en su estado más crudo mostrando la lozanía de unos bates que no piden permis frente a la veteranía.
Scherzer buscaba un hito, ese ponche 3,500 que lo inscribiría en un olimpo reservado para unos pocos. Sin embargo, la historia suele ser caprichosa. A veces, cuando más cerca se está de la cima, el oxígeno escasea. La recta, antaño indescifrable, pareció flotar ante la vista de los Guardianes, y los envíos quebrados no encontraron el "mordisco" necesario para silenciar los maderos locales.
Al igual que analizábamos ayer con el caso de Carlos Carrasco, estamos asistiendo a un cambio de guardia inevitable. "El Cookie", con su estoicismo a cuestas, y ahora "Mad Max", con su intensidad volcánica, parecen transitar por ese sendero donde el oficio ya no basta para suplir la merma de las facultades físicas.
Es la ley de la vida y la esencia misma del juego de pelota. El retiro no siempre llega con una trompeta de gloria, a veces se asoma así, de forma estrepitosa, en una salida gris donde el home se hace ancho y el brazo no responde.
¿Le queda algo más en el morral a este coloso del pitcheo? El tiempo, juez supremo, tiene la última palabra. Nos queda el sabor agridulce de ver caer a un titán, mientras esperamos que, en su próxima salida, el destino le permita, al menos, capturar ese esquivo ponche que le debe la inmortalidad.
Franklin Piña / @sobre.300.-
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