
Por: Franklin Piña.-
Existen ciudades cuyo destino se mide por la magnitud de mentes que han sabido redimensionar el mapa de lo posible. Carora es uno de esos territorios, y Juan Agustín Suárez Sánchez es, precisamente, uno de esos hijos del Morere cuya grandeza se mide en la profundidad de sus surcos intelectuales y humanos.

Para sus amigos es, simplemente, "Tin". Un nombre que encierra una biografía de resistencias. Esa construcción del carácter tiene su origen en las conversas nocturnas de la Plaza Corpahuaico, esa especie de ágora griega en la Carora de los años 70.
El Dr. Luis Cortés Riera, con quien compartió los tiempos del Liceo Egidio Montesinos, revela que Tin es uno de sus amigos más antiguos. Recuerda a un joven practicante del diexismo, ese espíritu curioso que sintonizaba incesantemente emisoras remotas como Radio Habana-Cuba, la BBC de Londres o Radio Sutatenza, alimentando desde entonces la necesidad vital de estar informado.
Este testimonio coincide con la visión del periodista Jorge Euclides Ramírez, para quien Tin es un héroe civil capaz de vencer sus propios demonios, esos que la sociedad suele inocular en la juventud. Su vida es, en esencia, un triunfo de la voluntad sobre el miedo. Superó un temor ancestral al diablo con la fuerza de la razón y, al llegar a la UCV para graduarse con honores en Sociología, se empeñó en dominar el agua hasta convertirse en un experto nadador, destreza de la que careció en su niñez y que al parecer le perturbaba. Desde entonces, su vida ha sido una constante superación.
Académicamente su formación no se detuvo: obtuvo una maestría en Economía Agraria, especialidad que le permitió tender un puente técnico entre la exactitud de la estadística y la realidad productiva de la tierra. Esta búsqueda del saber encontraría su punto más alto en la obtención de su Doctorado en Educación, un peldaño que consolidó su autoridad académica y su compromiso con la formación del pensamiento.
Agustín es un hombre hecho para el estudio, campo donde ha alcanzado una estatura monumental. Otro de sus amigos, Don José Adán, consultado para profundizar en esta semblanza, aporta una precisión necesaria: bajo el tono familiar y el afecto que encierra su apodo, habita un académico de altura. Para Adán, Agustín es un espíritu escrupuloso y metódico que parece un personaje extraído de la Ilustración francesa.
Fue el cerebro detrás de la planificación regional. Su paso por la Zona Educativa de Lara, Fudeco y Corpoccidente marcó una época de pulcritud técnica. En este ámbito, su colega sociólogo y amigo entrañable, Justiniano Vásquez, lo define como un excepcional ejecutor de proyectos con la capacidad necesaria para materializar respuestas. Mientras en la planificación trazaba el destino estratégico del territorio, en la ejecución fue el responsable de soluciones que buscaron darle un norte productivo al Occidente venezolano. “Dignificó la función pública con una preparación que jamás descuidó la excelencia”, nos escribe Vásquez Herrera.
Pese al brillo de las oficinas, el asfalto nunca le ha borrado el rastro del campo. Fue un gran admirador de su padre, don Salvador Suárez, de quien hereda el amor por la tierra y la cría. Esa dualidad lo define como el sociólogo de escritorio conviviendo con el criador de éxito. La mística lo llevó a dedicar una etapa de su vida a la actividad caprina, demostrando que el progreso también tiene un asiento en el corral.
Pero lo más extraordinario de Tin Suárez es su absoluta orfandad de malicia. No conoce el acto de maldad; posee un sentido de la amistad que es, en sí mismo, una institución. A esa nobleza le suma un humor cáustico e irónico, esa chispa de quien comprende la realidad más allá de lo evidente.
En un mundo donde la política suele devorar voluntades con su retórica vacía, él mantiene una distancia profiláctica; no tuvo interés por ella y, por fortuna, la política le pasó por encima sin tocar su esencia. Se mantiene puro, leal a sus principios, devoto de sus resultados y siempre armado con esa sonrisa cínica y elegante que es el refugio de los hombres libres. Por ello, José Adán no duda en situarlo en un plano de excepción, elevándolo al infinito de esos seres humanos que son, sencillamente, necesarios.
Hoy, cuando el tiempo impone sus pausas y la salud se vuelve un territorio frágil, su figura de bajo perfil emerge con una luz distinta. Esa luz serena de quien cumple con su tiempo, su familia y sus amigos. Tin libra hoy una batalla callada, recordándonos con su entereza que la región le debe parte de su memoria. Es una deuda que solo se paga con el reconocimiento a una vida de superación constante.
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