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Por: Orlando Álvarez Crespo.-
A partir de mediados de los años 60 y
finales de los 70 del siglo pasado, Carora vivía también la euforia y la pasión
de la lucha libre, la cual nos llegó desde México gracias a la televisión. Los
venezolanos primero la conocimos y la vivimos por Cadena Venezolana de
Televisión (CVTV); y luego nos llegó en vivo en grandiosos y coloridos
espectáculos que se montaron en casi todos los rincones de Venezuela.
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| TARSICIO GONZALEZ |
En nuestra ciudad este deporte-espectáculo tuvo mucha acogida y fanáticos. Era la época en que los latinos, para “estar en algo”, querían parecerse al fisicoculturista Charles Atlas; por ello empezaron a levantar pesas. Los más osados vestían franelas ajustadas para mostrar los pechos y los “matos”. Los hoy septuagenarios y octogenarios caroreños recuerdan con nostalgia los peleones que CVTV transmitía a las 9 de la noche cuando eran adolescentes. Se divirtieron viendo, junto a sus mayores, a las grandes estrellas de este curioso y “salvaje” deporte: El Tigrito del Ring, Basil y Jorge Batáh (muy vinculados a Carora), Kamba, El Salvaje, El Dragón Chino, El Gorila, El Gladiador Croata, la Momia Azteca, Santo, El Enmascarado de Plata, el Dr. Nelson, Dark Búfalo, entre otros.
De esa fiebre por el deporte-espectáculo algunos caroreños recuerdan a Tarsicio González, un vecino del caserío Alemán que representó a Venezuela en Ciudad de México en 1971 y, en un apretado combate paralizó al invencible Látigo Negro con una "Doble Nelson" full, perfecta.
En casi todos los centros deportivos de Carora se montaron tarimas para la lucha libre. En 1971 hubo un gran espectáculo inolvidable en el Cine Estelar. “La entrada costaba dos bolívares”, recuerda un torrellero de La Barranca.
Pero lo más curioso de la lucha libre en nuestra ciudad es que los primeros practicantes y la mayoría de sus fanáticos creían que los golpes que se propinaban los rivales enmascarados en la televisión eran de verdad-verdad y no un espectáculo, una simulación, tal como lo concibió Salvador Lutteroth González, su fundador mexicano. Quedaban abobados al ver que un luchador ponía en práctica la célebre “patada voladora”.
Sin embargo, los jóvenes y no tan jóvenes caroreños tenían un gran “consuelo”. Actualmente los norteamericanos aún creen que es falso que el hombre haya ido a la Luna, pero creen en la veracidad de los golpes “mortales” de la lucha libre que allá todavía tiene muchos fanáticos; es su célebre Catch as catch can.
En el estadio “Antonio Herrera Gutiérrez”, por aquella época, se montó una tarima donde los prospectos de libre-luchadores practicaban y competían. Allí, William Urriechi ("El Candanga"), Campo Elías Pérez, Manuel José “Memo” Oropeza Gutiérrez, Cristo Tua, Santos Chirinos, Luis “El Guicho” Campos, Luis José Álvarez Lucena, Vicente Hernández, Edgar “El Chivita” Gómez y el guariqueño Rubén Darío Becerra, entre otros, escenificaron verdaderos combates cuerpo a cuerpo, con golpes y patadas de verdad-verdad, y hasta se sacaban sangre.
En las tardes, muchos estudiantes del colegio Cristo Rey y hasta algunos curas solían visitar el estadio para deleitarse con aquellos combates que hoy lucen salvajes. Quizás quien más disfrutaba aquellos combates en el estadio era José Rafael Álvarez III, "Tite El Cachaplán", quien sí sabía que los golpes de la lucha libre de la televisión eran falsos, pero no reveló el secreto. Los golpes y empujones de los luchadores caroreños le parecían demasiado divertidos. Esos golpes de los luchadores locales mandaron a la cama por varios días a sus primos luchadores, que duraban varios días “errengados”.
El premio para el campeón en esas peleas era una caja de comida con productos “chéveres” como germen de trigo, leche Klim, jamón Spam americano, Toddy y cosas así por el estilo.
La lucha libre pasó de moda y cedió su lugar al boxeo profesional. En Venezuela, el gobierno de Raúl Leoni, en 1968, la prohibió en virtud de los accidentes escolares que involucraban a niños que reproducían las cosas de la lucha libre.
Algunos sostienen que en Carora inventaron una “peligrosa” y aún más vergonzosa técnica de ataque: la llave de la alcayata.


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